Muchos se lo preguntan.
Al buscar ideas para casarse, es común encontrarse con esta opción: matrimonio simbólico.
Pero… ¿qué significa realmente?
¿Es válido? ¿Es real? ¿Qué lo diferencia de un matrimonio civil o religioso?
Y sobre todo: ¿vale la pena hacerlo?
Como oficiantes de ceremonias simbólicas en Chile, nos han hecho estas preguntas muchas veces.
Y la verdad es que no hay una sola forma de explicarlo, porque no hay una sola forma de vivirlo.
Pero esto es lo que podemos compartir desde la experiencia real: qué lo hace especial, qué lo hace diferente, y por qué tantas parejas lo están eligiendo.
Un matrimonio simbólico es una ceremonia que no está regulada por lo civil ni por lo religioso, pero que se construye con la misma seriedad, intención y emoción que cualquier otro compromiso.
No tiene efectos legales, pero tiene un peso emocional enorme:
es el momento donde una pareja elige decirse que sí en sus propios términos, frente a las personas que consideran importantes.
Porque muchas parejas hoy quieren que su ceremonia se parezca más a su relación que a un protocolo.
Porque no todas las personas sienten que un acto legal o un texto estandarizado representa lo que quieren decirse.
Porque no quieren pararse frente a quienes aman y repetir palabras que no les nacen.
Quieren prometer algo que tenga peso para ellos, dicho en sus propias palabras.
Un matrimonio simbólico no tiene una estructura fija.
Cada pareja lo elige y lo diseña según lo que quiere transmitir. Puede contar la historia de la relación, contener rituales o puede ser sencillo y directo.
No hay reglas estrictas, ni protocolos que seguir al pie de la letra.
En nuestro caso, lo que intentamos hacer es ayudarles a construir un momento que se sienta real y significativo. Y para lograr eso, hay algunas decisiones que marcan una diferencia:
La forma en que se ubican los invitados no es solo un tema decorativo.
Cambiar el orden clásico de las sillas puede transformar completamente la experiencia.
Un semicírculo genera contención. Un círculo completo pone a todos como testigos activos. Una espiral simboliza un camino.
Cada disposición propone algo distinto sobre cómo se quiere vivir el momento.
La participación de quienes están presentes también cambia el ambiente.
No se trata de ponerlos a hablar ni de hacerlo complejo. A veces, basta con pedirles que guarden el celular.
O invitarlos a sostener algo, a entregar un gesto, o simplemente a manifestar su voluntad de estar ahí.
El resultado: las personas no solo asisten… se involucran.
La historia que se cuenta no es un guion romántico, sino un relato de transformación.
Más que anécdotas, buscamos mostrar lo que han vivido y lo que eligen construir juntos.
Si hay discursos de otras personas, los preparamos con intención. No se deja al azar ni al micrófono abierto.
El ceremoniante no es el protagonista.
Nuestro rol es preparar el terreno para que lo que pase ese día se sienta verdadero.
No se trata de hablar bonito, sino de sostener un momento importante con claridad, emoción y presencia.
No todas las ceremonias simbólicas son así, ni tienen que serlo.
Pero si eso es lo que buscan —un momento con sentido real, que les represente y deje huella—,
es bueno saber que es posible.
Sí.
Un matrimonio simbólico no tiene validez legal, pero sí tiene un valor emocional, simbólico y espiritual profundo.
Muchas parejas hacen su trámite legal en otra fecha, y reservan este momento para lo que realmente quieren decirse frente a quienes más les importan.
Porque te da la libertad de hacerlo a tu manera.
Porque convierte un día bonito en un acto con sentido.
Porque lo que se vive ahí no se copia de otro lado:
se construye con ustedes, para ustedes.
Y eso —cuando se hace bien— no se olvida.
Ceremonias de matrimonio simbólicas con intención, empatía y profesionalismo
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